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lunes, 13 de octubre de 2014

294. SORIA. Carretera de Logroño 2 y 4



Mas de cien silenciosos visitantes por día (ayer mismo 142) avalan este blog que, sin embargo, camina ya hacia su extinción. No es una más prolija documentación lo que puede darle sentido, ni una mayor argumentación contra la arquitectura como profesión, suficientemente expuesta ya. Sólo como bitácora personal o álbum de recuerdos de viajes o de noticias pudiera seguir con vida. Como por ejemplo, la de una visita a Soria en el pasado verano, en que un amigo me preguntaba (se preguntaba) en qué habrían estado pensando los que hicieron ese mamotreto que se alza en el arranque de la carretera de Logroño, y que amén de explotar todas las referencias de escala con el entorno, destroza las perspectivas de la ciudad en los paseos por su espléndida zona oriental junto al Duero.


Muchas más cosas horribles vimos ese día en Soria, como la peatonalización del entorno del Parque de la Dehesa o de la Alameda de Cervantes, como también creo que lo llaman, pero ya vendrán aquí otro día si encuentro las fotos que hice o que vi por la red.


De este espanto de los sesenta no hice fotos porque eso de hacer fotos de calamidades siento que puede estropear los agradables momentos de amistad o compañía de un viaje o un paseo, así que no me ha quedado otra que acudir al magnánimo invento de Google View para que uds también lo vean.

O al de Google Earth para que lo sitúen convenientemente en el mapa.


martes, 2 de septiembre de 2014

291. OJOS QUE NO VEN


"De regreso a su pueblo (...)

Algunas casas era verdad que las habían arreglado o, según decían, adecentado, pero con un mal gusto nuevo y desbocado, contagioso -contagioso como sólo se contagia la estupidez, recordaba haberle oído a su padre-, que allí donde lo poco que había por lo menos era armonioso y hasta podía así parecer mucho, todavía resaltaba más. Ni los materiales que habían utilizado -pensó- ni las soluciones que habían discurrido para los arreglos pegaban allí ni iban a pegar nunca, y eso cuando lo que habían hecho no era derribar por completo las viejas casas, algunas de un valor y una prestancia indudables, para levantar en su lugar insulsos bloques de pisos que querían parecerse a aquel en el que él había vivido los últimos veinte años.

Se diría que a partir de un determinado momento había empezado a importar lo que se dice un bledo -un pimiento, remachaba, nada o en realidad menos que nada- lo que había antes en los sitios y el cómo se hacían las cosas antes; que había empezado a no importarles lo más mínimo lo que había al lado ni lo que había delante o detrás. La relación con lo contiguo, se dijo, la relación con lo contiguo, y se quedó luego pensando un momento. Todo parecía haber comenzado a darse continuamente de bruces con todo lo demás, las líneas, las proporciones, las formas, todo de bruces con todo a excepción de con el mal gusto o la presunción. ¿Sería esto lo nuevo, la nueva época? ¿Qué vendría después del mal gusto?, se preguntó, ¿qué fue lo que vino antes de la presunción?

Incluso los interiores de las casas habían cambiado y, cuando iba de visita, el mismo ambiente de acumulación de trastos, de muebles y adornos de lo más dispares, que hasta parecía estar reñido incluso con sus dueños, le sofocaba a veces nada más entrar. ¡Qué entusiasmo para echarse en brazos de lo peor y abandonar atolondradamente lo poco o mucho que se tiene!, pensaba a su modo, ¿será tan difícil saber acoger lo mejor de lo nuevo y dejar a un lado lo peor de lo viejo que tan a menudo se hace al revés?; ¿qué soberbia del juicio y qué cerrilidad en los ojos no corre el riesgo de irse apoderando siempre de todo?


(sobran hoy las ilustraciones para estos demoledores párrafos del escritor José Angel González Sainz contenidos en la novela que da título al post -pag 85 a 87, ed Anagrama, Barcelona 2010-, pero si por lo que fuera se necesitaran pruebas gráficas, en el blog MIRA ESTOTRO las hay a patadas)