Mostrando entradas con la etiqueta Santiago Calatrava. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santiago Calatrava. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de septiembre de 2025

LO CENTOLLU d'UVIÉU

 


Estuve en Oviedo pero no peregriné hasta el famoso "centollu" calatravus. En los inicios de Cascotes, allá por el año 2008 había traído a este blog la amenaza que se cernía sobre Oviedo con los tres rascacielos calatraveños, pero cuando las torres se ensamblaron en horizontal con un cascarón en medio debía de tener yo la cabeza ocupada en otras cosas y no salió aquí. Pero eso se soluciona facilmente. 

Subí a Santa María del Naranco para darme cuenta de la levedad de su decoración (asunto sobre el que he dejado un apunte en facebook) y para sorprenderme de que estos dos turistas preferían llevarse como recuerdo de su visita no una foto con el viejo palacio prerrománico sino una imagen suya con el centollu detrás (luego hice yo esa foto pero sin los turistas, que es la que he puesto arriba). 

Ya de paso me fijé en los hitos de acero corten con flechitas que rodean a Santa María para que los turistas no se pierdan detalle..., ahhhh, pero bueno, no nos perdamos nosotros y volvamos al centollu.

De vuelta a casa he realizado la peregrinación que no hice en persona y con cuatro fotos de panoramio, dos capturas de pantalla en google earth y un par de artículos creo haber cumplido con mi devoción. Esta es una.

Esta de la wikipedia, hecha sin duda para resaltar los valores escultóricos del edificio, otra.

La boca del centollo parece de ballena, pero sobre pesca no va la discusión

Esta de la inauguración me trae recuerdos de la iglesia de Moneo en San Sebastián (Cascote 222) o de los interiores del Caoscote del Monte del Gozo de Eisenman en Santiago de Compostela.

Aunque la wikipedia pretenda ser políticamente correcta e incluso haya ilustrado su entrada con una foto de revista de arquitectura, sólo la exposición de los datos históricos de la construcción del centollo es más demoledora que la más ácida de las críticas: léase


El otro artículo que he visitado, estilo prensa sensacionalista, es este del Confidencial del 2019 en el que el periodista trae a primer plano el libro de Llatzer Moix, QUERÍAMOS UN CALATRAVA, con el que se eleva el nivel de crítica al problema de la escala y del contexto...

... lo que sería demoledor, siempre y cuando la escala y el contexto urbano fueran respetables, algo de lo que uno duda bastante cuando sobrevuela esa parte de la ciudad con Google Earth 3d

Por decirlo de otro modo: bajando del Naranco se me fue la vista un poco hacia el Oeste de la ciudad y me traje para mis estudios esta otra foto de un barrio del extrarradio al que... ¡bien que le vendría un centollu! Por no decir a los que vimos en aquella inolvidable visita que hicimos a la zona oriental en torno al macro hospital y a la que pusimos por nombre Ovionda

Está buena Oviedo. Ahora UVIÉU, dicen ya los carteles de las carreteras. Aunque puestos a refundar la ciudad, por contracción o simbiosis yo la rebautizaría como OVIELLU. 


jueves, 10 de marzo de 2016

381. ATENAS OLIMPICA



No siempre viajo de gratis agarrado a google earth y cogiendo fotos de Panoramio. Algunas veces viajo como antes, y también hago fotos para que otros las puedan coger cuando gusten (citando o no su procedencia/ allá cuidados). Los atentos lectores de Cascotes ya saben que estuve en Atenas en el 2012 porque les regalé unas cuantas fotos históricas de la invasión de la Acrópolis y posterior reconstrucción del Partenón (v CCT 225), Erecteion y Propíleos todos. Pero lo que tenía sin contar es que unos días después me di un paseo por la auténtica Atenas Olímpica, es decir, la que había hecho olímpicos esfuerzos para acabar en la ruina que ya se anunciaba. Con proyectos y costes de Calatrava el Blanco.


No me fue fácil acceder en coche al recinto olímpico, con todo un lío de calles cortadas y cruces imposibles de entender, y una vez dentro daba casi miedo pasear entre esos enormes insectos de millones y millones de euros, muros ciegos, escaleras gigantescas y vallas que cortaban el paso por todos los lados. Aún así conseguí asomarme al interior del estadio olímpico (las tripas del megabicho):


... y preguntarme por qué se gastó tanto dinero para solo unos días y cuánto abandono no les espera a estas instalaciones infrautilizadas. Y por qué hablaban tanto los defensores de Grecia de la dignidad griega...


...cuando yo sólo me podía imaginar en estas gradas a los cientos de miles de turistas y familiares de los atletas venidos de todo el mundo, o a masas de griegos igual de vociferantes que las del resto de todos los estadios del deporte del griterío.


No tenía intención de comentar estas imágenes. Nunca busco efectos artísticos o publicitarios cuando hago fotos y pensé que hablarían por sí mismas.


Pero hay que tener en cuenta que la gente tiene la cabeza amueblada por los grandes medios de difusión y que este tipo de arquitectura es el que han estado vendiendo durante años como la mejor arquitectura de nuestro tiempo. Hasta Galiano el sabandijo bendijo a Calatrava (v AV61).


Por eso no está demás que les diga que visitar estos edificios cuando no tienes los sentidos embotados por esos medios de opinión o por un gigantesco evento deportivo (que sólo pasó una vez) te produce una sensación de irrealidad y desasosiego enorme.


Y más, cuando no podías ser ajeno a la realidad política y económica en que estaba el país.





Todas esas cristaleras de las entreplantas parecían dar a oficinas para sedes de delegaciones olímpicas que obviamente se ocuparon solamente durante unos días y llevaban cerradas desde el 2004. 


Por si no fueran suficientes mis sensaciones aquí les dejo un artículo del CNN Expansión sobre el significado de todo este dispendio. Por supuesto que no es la causa del estado del país, pero sí un símbolo.


Todas las estructuras reticulares están sucias y en muchos puntos ya se ven oxidadas. Repintarlas  tiene que costar un dineral. En otros diez años esto tiene que dar mucho más miedo y causar mucha más indignación de la que me causó a mí.



Como les decía, estas fotos son del verano del 2012. Y ahora, si quieren hacer el viaje con Google Earth, pueden clicar en el enlace de su ubicación al final del post.

jueves, 15 de septiembre de 2011

196. TENERIFE. Islas Canarias. España

.


Cielos, me acabo de dar cuenta de que me estoy convirtiendo en un esteta del Cascotes, que ya sólo pongo aquí cascotes selectos, que este blog empieza a tener “pretensiones”. ¿Acabará Cascotes siendo también un cascote...? No lo permitamos, por dios.

Lo que digo, tengo el ordenador lleno de cascotes “menores” es decir, cascotes cascotes, cascotes de verdad, y yo sin ponerlos aquí como esperando que caiga una pieza jloriosa a mayor gloria de Cascotes. 

Hombre, también es por pereza. O contención. No hay que ser tan duro con uno mismo. Sé que si pusiera cascotes todos los días iba a acabar cascotizado, como cuando la época del LHD; pero cuando menos voy a ver si limpio la carpeta del ordenador, llego al número 200, y hago otro índice.

De tanto andar por entre cascotes quizás convenga recordar de vez en cuando que un cascote no es más que una onvra de un arquitecto, esa profesión tan venida a menos en estos días que si no fuera porque nos han llenado la ciudad de castañas y pretenciosidades que duran casi siempre más de un siglo, hasta daría pena meterse con ella. Sobre todo porque aún me queda algún amigo arquitecto. Pocos, claro, pero alguno queda.

 Bueno, pues... vamos a ver qué tenemos por aquí y perdemos otros pocos. Por ejemplo, en Tenerife.

Fui por allí hace unos años a un cónclave sobre Grandes Proyectos Urbanos del que dí cuenta en un Hall (está colgado en la página COAR elhAll n82) y en una tarde tonta de esas que te cansas de cháchara y prefieres dar un paseo en soledad, llevé la cámara encima y me traje este reportaje. 

Esto debe de ser un edificio de los más importantes de la ciudad, el cabildo o así. Supongo que lo han hecho  para asustar a los niños..., y ya que no respetan a los maestros que aprendan a respetar al Gobierno Antoniómico:



Duro por fuera, les dirán, pero blando y amoroso por dentro, y con toques de la tierra:


El housing en Tenerife parece que pegó fuerte en los cincuenta y salieron fachadas que para sí las quisiera Moneo o Saenz de Oíza:



Debieron ser años duros para la profesión tratando de convencer a la gente que nuevos tiempos habían llegado y que había que abandonar la escala humana. Y de paso ya, la escala urbana.




Para ablandar un poco la cosa y hacerse más populares, algunos arquitectos optaron entonces por dar movimiento a sus fachadas, algo así como las olas del mar de la foto de presentación de arriba (hiciera o no falta, es decir, hubiera o no balcón debajo de la ola), pero la mayoría se decidieron por dar formas atrevidas a las ventanas o a sus entrepaños:






En los últimos tiempos se ha vuelto a los cubos Moneo y fachadas planas pero con algo de textura (casi se me escapa ternura...), sea en casas de nueva planta  o en rehabilitaciones. Y para ablandar un poco su dureza (no todos somos el gran Moneo) se ha recurrido a la espontaneidad del vecindario cuando abre las persianas, o al arte mismo, y preferentemente la escultura:



No me digan que no tenía delito el haber privado a los aficionados al Cascote de tan estupendas piezas. 

Bueno, y para acabar el reportaje, aquí un amigo, arquitecto y aún amigo, aunque debe de ser porque no nos escribimos nada y nos vemos de ciento en viento. Posó para mí ante el cascote más auténtico de la ciudad, blanco como la modernidad y con mucho movimiento, como una ola del mar avanzando impetuosa por la ciudad para urbanizar sus calles. Un Cascote de los jrandes de verdad. Y eso, con un amigo y buena gente. .

.
.

martes, 18 de mayo de 2010

lunes, 30 de marzo de 2009

107. BILBAO, aeropuerto, Santiago Calatrava



Desde que a los trenes les pusieron ventanillas de cristal fijo las despedidas de los familiares han perdido emotividad y belleza. El ser querido, ya acomodado en su asiento, trata de decir una última palabra a quien se ha quedado en el andén -o viceversa- y ambos mueven los labios y las manos a los dos lados del infranqueable cristal con gestos de incomprensión. En seguida se dan cuenta de lo ridículo de la escena, y la tradicional belleza de los rostros en el momento de una despedida se torna en muecas de desánimo ante el muro interpuesto. El último gesto de una despedida con cristal por medio consiste en llevarse la mano a la oreja como sosteniendo un auricular y marcando un número: no han acabado dos seres humanos de separarse y ya están prometiéndose llamar por teléfono para decirse eso último que el cristal fijo de la ventanilla les impedía oír. No me ha tocado aún contemplar la escena en que ambos tengan un “móvil” a mano pero estoy seguro que ya se da y además me la imagino: la he visto en aquellas películas que muestran las visitas de los familiares a los reclusos en las prisiones de máxima seguridad.

Pero la fealdad no parece tener límites. El otro día estuve en el flamante aeropuerto de Santiago Calatrava en Bilbao a recibir a una hija y contemplé un escenario mucho más siniestro todavía. El archipremiado y académico arquitecto-ingeniero-escultor valenciano-suizo ha dispuesto (junto a los promotores del edificio /yo nunca me olvido de la responsabilidad de éstos por muy anónimos que sean) que quienes vayan a recoger a sus seres queridos en el nuevo Sondika deben sufrir la espera del tiempo que ellos se hayan dado a sí mismos llegando antes de la hora prevista de llegada del avión, más el de la habitual demora de los propios aviones, ¡en la p. calle!, disfrutando de las habituales corrientes de aire que soplan por allí y de la hermosa vista del aparcamiento de coches:





ó que si no aguantan la corrientes de aire del aeropuerto y no les gustan las fachadas tecnológicas de los edificios de aparcamientos, puedan gozar de un vistazo previo de sus familiares a través de los cristales de una alargada y desolada cueva que ofrece “espléndidas” vistas sobre el espacio en que los viajeros se agolpan a recoger las maletas de las cintas transbordadoras.



Como el avión de mi hija traía bastante retraso y no podía aguantar ni el frío de la calle ni la tristeza de la lúgubre cueva con vistas a las cintas de equipajes, subí al piso superior con la esperanza de encontrar un lugar desde el que pudiera ver el aterrizaje de los aviones (y en especial el de aquel que traería a quien yo esperaba con navideña ilusión). Dí con la gigantesca sala que es objeto de tantísima admiración arquitectónica y supuse que buena parte de los esfuerzos del arquitecto habían estado destinados a festejar el tránsito del viajero que se marcha. La gran sala tiene forma triangular y su techo se eleva hasta una altísima ventana doblemente triangular que le enseña el cielo a donde va a ir en breve. En los dos lados del triángulo que se encuentran de frente según se entra, están los mostradores de facturación de maletas y en el fondo del embudo que forman ambos mostradores debiera estar el acceso a la zona de embarque, aunque cuando yo estuve, había allí un automóvil Volvo subido en un escenario como si fuera objeto de alguna rifa.




Detrás del Volvo, aunque algo desplazados del solemne eje central y confusamente dispuestos entre empalizadas de cristal, estaban, en efecto, los accesos a una aerodinámico corredor todo acristalado con vistas a la pista de aterrizaje pero, para mi decepción, sólo los viajeros que embarcaban tenían derecho de acceder a él.



Así que debe ser ahí, detrás del Volvo -pensé-, donde se producen las asimétricas despedidas que por un lado llevan al viajero a lo mejor del aeropuerto (esa ventana que se asoma al grandioso espacio donde aterrizan y despegan los aviones) y que por otro, dejan desamparado al acompañante sin otra opción que irse a una cafetería colocada incómodamente en un rincón del gran triángulo desde donde ver a medias algo de la pista por entre los pilares y transparencias del corredor de embarque.



Yo me fuí allí, claro está, a pesar de que ya me imaginaba que un cortado me iba a costar lo que un menú del día en un restaurante normal; pero no sé si por la forma en punta del lugar, si por el conflicto entre las mesas puestas junto a los ventanales con la gente que quería ver por ellos, o si por el sofocante aire acondicionado que contrastaba con el frío de la calle, el caso es que tampoco pude sentirme allí mínimamente a gusto. Al salir del rincón de la cafetería y volver a la gran sala que no era para mí experimenté una vez más el “síndrome del cuartel”, a saber, la horrible sensación que provoca una arquitectura especialmente diseñada para que ningún soldado pueda sentirse tranquilo en ninguna parte; y entonces pensé que, en efecto, estaba nuevamente en una arquitectura del poder, una arquitectura inhumana, no pensada, ni por asomo, para gentes que van a despedir o a recibir a los viajeros.

Los grandes arquitectos de nuestros tiempos como Moneo, Calatrava o Ghery, son efectivamente los arquitectos del poder, unos personajes que viajan incesantemente en aviones por todo el mundo atravesando aeropuertos en los que seguramente nadie les despide con un mínimo de cariño o emotividad. Salen corriendo de un taxi (o de una limusina) y se dirigen al embarque (o a su sala de VIPs). Allí esperarán inexorablemente al avión unos pocos minutos y, entre llamada y llamada telefónica con el móvil pegado a la oreja, acaso se regalen la vista a sí mismos con una mirada hacia el estupendo espacio de la pista de aterrizaje, observando de reojo y como con desdén la siempre fascinante maniobra de despegue o aterrizaje de los aviones. Al llegar al aeropuerto de destino no esperarán ni al equipaje porque, como expertos viajeros que son, llevan mínimos maletines de mano; y es de suponer que tampoco nadie a los que les unan unos mínimos lazos sentimentales les esperarán en la puerta de salida. Un taxi, y al hotel o al centro de negocios de la ciudad.

A la hora de diseñar las nuevas arquitecturas para viajeros, los grandes arquitectos del poder deben tener en mente esa manera de moverse por los aeropuertos que ellos experimentan, por lo que la máxima atención de sus proyectos se centra en diseñar grandes gestos simbólicos que satisfagan el ego de los políticos que los inaugurarán y la sed de imágenes novedosas de los medios de comunicación. Las masas de votantes y de consumidores de imágenes celebran ese tipo de invenciones con evidente desprecio de sus propias necesidades, como siempre han hecho los fieles del poder. Mientras se pelan de frío en el nuevo Sondika esperando a un familiar, las gentes comentan con entusiasmo que el edificio del nuevo aeropuerto se asemeja a una gran paloma y que la torre de control que está enfrente es como un halcón.



Cuando al fin sale el viajero que esperábamos vienen los besos, abrazos y hasta las lágrimas de emoción y por un momento nos olvidamos de la desolación, de los pajarracos, de las semejanzas y del frío. Empujamos eufóricos el carrito de maletas hacia el aparcamiento de coches y...y... pero ¡diablos! ¿qué pasa aquí?. Intentamos alcanzar la pasarela que une la terminal y el parking por entre una rampa en ese y unas aceras sin rebajes y nos damos cuenta, ¡maldita sea!, que estamos otra vez perdidos. Se ve que hay que pasar por un tunel inferior, pero desgraciadamente no podemos bajar el carrito por las escaleras.



Tendríamos que regresar al aeropuerto y dar con los ascensores que bajan al pasaje de marras a velocidades de solemne procesión, pero ya para entonces no me queda más paciencia. Me echo las maletas al hombro y nos llegamos hasta el coche arrastrándolas como podemos, pues en ese punto de mi estancia (como en este punto de la narración) ya no tengo otro deseo que largarme cuanto antes del maldito aeropuerto del celebrado arquitecto y olvidarlo en lo posible para siempre jamás.


(Con el título de ARQUITECTURA PARA VIAJEROS publiqué este artículo en ElhAll n56, de enero 2001, ilustrado con la foto del Doctor Loyola que lo abre también aquí. Su publicación actual en el blog me permite poner las cuatro fotografías que hice en aquella ocasión (las de peor factura técnica) y añadir unas cuantas más tomadas de Google Earth que encajan a la perfección con la descripción que hice entonces y de la que no se he variado ni una coma. A modo de ubicación, la foto aérea de google earth que muestra la conjunción entre el viejo y el nuevo aeropuerto completa esta entrada).